Capítulo quinto: Escalofrío
La luna viene con nosotros, grande, redonda, pura. En los
prados soñolientos se ven, vagamente, no sé qué cabras
negras, entre las zarzamoras... Alguien se esconde, tácito, a
nuestro pasar... Sobre el vallado, un almendro inmenso, níveo de flor
y de luna, revuelta la copa con una nube blanca, cobija el
camino asaeteado de estrellas de marzo... Un olor penetrante a
naranjas..., humedad y silencio... La cañada de las Brujas...
—¡Platero, qué... frío!
Platero, no sé si con su miedo o con el mío, trota, entra en
el arroyo, pisa la luna y la hace pedazos. Es como si un
enjambre de claras rosas de cristal se enredara, queriendo
retenerlo, a su trote...
Y trota Platero, cuesta arriba, encogida la grupa cual si alguien
le fuese a alcanzar, sintiendo ya la tibieza suave, que parece
que nunca llega, del pueblo que se acerca...
Capítulo sexto: La miga
Si tú vinieras, Platero. con los demás niños, a la miga,
aprenderías el a, b, c, y escribirías palotes. Sabrías tanto como el
burro de las Figuras de cera —el amigo de la Sirenita del Mar,
que aparece coronado de flores de trapo, por el cristal que
muestra a ella, rosa toda, carne y oro, en su verde elemento—;
más que el médico y el cura de Palos, Platero.
Pero, aunque no tienes más que cuatro años, ¡ eres tan
grandote y tan poco fino ! ¿En qué sillita te ibas a sentar tú, en
qué mesa ibas tú a escribir, qué cartilla ni qué pluma te
bastarían, en qué lugar del corro ibas a cantar, di, el Credo?
No. Doña Domitila —de hábito de Padre Jesús Nazareno,
morado todo con el cordón amarillo, igual que Reyes, el
besuguero— te tendría, a lo mejor, dos horas de rodillas en un
rincón del patio de los plátanos, o te daría con su larga caña seca en
las manos, o se comería la carne de membrillo de tu merienda, o te
pondría un papel ardiendo bajo el rabo y tan coloradas y tan
calientes las orejas como se le ponen al hijo del aperador cuando
va a llover...
No, Platero, no. Vente tú conmigo. Yo te enseñaré las flores y
las estrellas. Y no se reirán de ti como de un niño torpón, ni te
pondrán, cual si fueras lo que ellos llaman un burro, el gorro de
los ojos grandes ribeteados de añil y almagra, como los de las
barcas del río, con dos orejas dobles que las tuyas.
Gracias, René. Que has leído mucho y muy bien, por cierto. ¡Felicidades!
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